viernes, 29 de septiembre de 2017

canción de los buenos, los lindos, los felices

No cometamos el error de suponer que nosotros somos feos.
No cometamos el error de creer que tenemos que cambiar.
No cometamos el horror de sabernos menores, inferiores o hijos de los demás.
No cometamos la payasada de entender que algo pasó: nada pasa, todo se hace y La Bestia tiene hambre.

Nosotros, la gente de la tierra baja, amigos del resto, varones y mujeres con agallas y pocos dientes, bailando el ritmo de las cucarachas, podemos y debemos hacer temblar a la tierra.
Es nuestro deber histórico, siempre tener el chiste a mano, y permitir el paso rampante y triunfal de la comedia sobre el drama y poder tener humor negro aún en la peor de las escenas.
El teatro corre el telón y era un velo en los ojos y entendíamos así que los vecinos no eran vecinos sino monstruos, monstruos, monstruos, monstruos como nosotros, monstruos como vos y yo y como será la descendencia si no se la domestica con el fustazo del único amor verdadero y la mano grande del calor lleno de callos por obra del labor.

La Bestia siempre tiene hambre porque no conoce de saciedad, es adicta al dolor y se viste de traje, camisa celeste y se corta el cabello cortito (una vez por semana). Te sonríe vendiéndote una tele a pagar en cuatrocientas treinta y dos cuotas con intereses salados: su interés es no que pagues más sino que siempre pagues, pagues y pagues porque de drenarte se trata el juego macabro.
Drenarte de energía, drenarte de amor, drenarte de dinero y el dinero, ay, dinero dinerito, podría romperte con dos dedos o ahogarte en el agua sucia de una alcantarilla pero NO, te cuidaré, te besaré, te rezaré y no voy a permitirme dormir sin pensar en mañana volverte a ver porque TE AMO DINERO.
Te amo, y necesito más de vos, en esta relación no correspondida.

Nosotros, los valores en caída del bien: los buenos, los lindos, los felices, los que mientras nos rompen el cráneo con el diario del domingo (del lunes, del jueves, del miércoles, del sábado, del martes y del viernes), seguimos teniendo una flor en el hojal, maravillosa flor, madrina de canciones y loas y añoranzas por volver, volver, volver, volver y volver, y volver a qué, volver a ser felices, volver a ser personas, volver a volver, ni a palos, VOLVER A SER.

De eso se trataba la obra, y tenía un montón de actores, algunas haciendo sus roles con hidalguía y otros trotando con caballos a la salida de la función: puede sacarse una foto sobre el caballo o de la mano del burro dominado, blanco, triste y patético que no sabe para qué nació pero no fue para mortadela vendida a 8 pesos los 100 gramos en el amigo oriental chino del supermercado y sus deliciosos caramelos de amistad y fraternidad internacional.

¿A qué vamos?
No lo sé.
Pero lo que sí sé, es que VAMOS.
Porque si no vamos, no vamos a saber volver.

Y mientras se levanta a la faz de la mierda una nueva y morbosa nación, la de ellos, no nos vamos a quedar callados.
O sí.
Pero siempre con un chiste en el bolsillo.



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