martes, 30 de noviembre de 2010

FAZENDO A V.




















Acá Sabbatella hizo la V.

A la noche, le leí el Viva Néstor a Alicia arriba de un escenario gracias a Lorena García que encaró, mordió al perro y dijo "que suba".

El resto es historia nueva. Y éste que escribe que todavía tiene los ojos pegados con la espalda.

Rocanrol, Helbig.

H.
Acá Sabbatella hizo la

lunes, 29 de noviembre de 2010

OPINO LO QUE QUIERO PORQUE ES MI BLOG I


Primero leemos esto:

Después leemos esto:


Y después decimos esto:



















No se ve inteligente el hecho de que Sabatella salga a jugar en contra de Scioli aún si Scioli fuera un desastre (que creo que no lo es, no "desastre", no).

Y no sería inteligente si tiene el apoyo gubernamental: no olvidemos que Néstor apenas hubo un cimbronazo y dos o tres fotos de Scioli con un par de monstruitos, salió a buscarlo desesperado y lo ubicó.

Entonces: posiblemente se busque instalar una suerte de "clamor" desde Sabatella, cosa de que quede él como el artífice de la victoria y Scioli de la derrota en tanto las candidaturas.

De este modo, se puede hacer el pasamanos de provincia, nadie salir herido y fundamentalmente, neutralizar toda posibilidad de que Scioli quede del otro lado.

Salvo, y seré irónico, que la idea entonces sea que la fórmula del año que viene o bien sea Cristina-Scioli o Scioli con "alguien más".
No descartemos nada, hasta Cristina es humana y puede tropezar.
Y nosotros tenemos rumores, nada más.

Por eso insisto: cuidado con Sabatella, es del palo (ponele), pero no es él el problema sino que quede enganchado en un armado raro y se neutralice una suerte de "cuadrazo".

Porque en cualquier momento, Scioli puede negociar una movida y ahí te quiero ver, ahí tenemos al arrepentido o al tipo que podría aparatearse solito contra nosotros y embocárnosla hasta las orejas.

Mientras tanto, no hay nadie en la vereda de enfrente.
Mientras tanto.



Ah, y hoy, Sabatella viene al ciclo de NDM.





Le preguntaré esto?
Se lo preguntarás vos?
Lo dirá él?


Quéseyó, por ahí me quedo dormido en el bondi y me despierto en esos lugares que todos sabemos que no existen, como Lanús o Laferrere.

domingo, 28 de noviembre de 2010

UN PIBE.


























Un pibe.
Un pibe así, como vos.
Un pibe como tu vecino, un flaco, un gil.
Un horrible que no le daba pelota la más linda.
Ni la más fea.
Un pibe que iba por ahí, buscando cositas, no encontraba: debería tener frío, era del sur.
Un flaquito, medio pajero, medio sesudo, medio rencoroso, medio calentón.
Un amigo, un chaboncito, uno que se tomaba unas birras con vos y hablaba de cosas como "el país" y no le dabas bola porque estabas en otra.

Un pibe.
Así, como tu viejo.
Un pibe medio raro, medio virola por una enfermedad puta, con anteojos, pelo largo, altísimo.
Medio calambre tirando al aro, medio choto jugando basket pero con una mirada de equipo bastante particular.
Un quía, viste, uno que va por ahí.
Uno de nosotros, uno que no soñó mucho, perdiendo el tiempo en laburar.

Un tipo, un tipito, que se come a la más perra, tan bocona, tan lindo el pelo, tan canchera.
Un tipito que encaró y ganó, medio mamado, en una noche rara, cuando afuera los birretes de bigotes vigilantes se atolondraban en ser algo más que la poli, viste.
Un flaco, ahí, cagado de frío, encamperado.
Lo imaginarías en una esquina con un cigarro, esperando a la flaca saliendo de la escuela, revolucionado de hormonas, medio al palo, esperando embocársela a la flaca porque claro, esto daba para contarlo, si era horrible, él.

Y sin embargo ella llegaba, le estampaba un beso en la trompa y le estampaba a un barrio y a una provincia un "en tu cara, gil" y el flaco canchereaba, medio sin saber que el destino que lo esperaba eran miles de millones de zapatillas mordiendo el asfalto por él.

Y entonces, quizás, en una de esas, no sé, al loco se le ocurrió decir "mah sí, encaro" y dijo que quería ser presidente.
En una de esas para seguir enamorando a la colorada ahora, esa, esa minita tan linda, tan... tan minita, viste, tan femenina, tan sonrisita, con ese olor detrás de la oreja que sólo conocía él y que sólo admiraba él con ojos cerrados de eterno amante.

Ahí iban, dos pendejos, contra la corriente, masticando un destino que se les venía encima, un destino que un poco buscaron y un poco encontraron y un poco se les cayó encima como si no te la esperaras y no el techo, sino el mundo se te cayera encima.

Era eso.
Un pibito.
Jugando a los camiones, jugando al país, jugando a las leyes, jugando.
Intrépido, canchero, rabioso, caprichoso, seguro, pícaro, turro y genial.

La puta que te parió, forro.
Nos dejaste todo tu laburo por hacer.
Te hubieras apurado en todo, pero no, nunca, nunca, en irte.

Te queremos.
Besos allá si los ves, deciles que te vamos a dar pelota, compañero.
Dormí sin frazada y no te preocupes que si queremos agua, sabemos ir a buscarla a la heladera.

VIVA PERÓN.

viernes, 26 de noviembre de 2010

CARTA DE UNA NENA A UNA SEÑORA.

Desde que crecí un poco y fui dejando de lado la chocolatada y los dibujos animados, que la miro. A veces por mis horarios escolares no podía hacerlo, pero el año pasado terminé mis estudios y pude disfrutar sin contemplaciones la actividad que compartíamos con mi madre los días que faltaba al colegio: Almorzar con usted. No importaba si teníamos hambre antes, esperábamos a que su chef traiga los platos para empezar.

Mi madre se autodenominaba de izquierda aunque sin militar, así que me imagino que usted se estará dando la idea que no compartíamos su punto de vista. En nada, ni en la más ínfima cosa; sin embargo usted fue siempre bienvenida a nuestra mesa, tanto que casi podía sacarle pan de la cesta.

¿Sabe por qué la mirábamos, Mirtha? Porque es muy interesante escuchar lo que dice una persona que piensa totalmente lo opuesto a uno, además es necesario: Mal que mal, uno se nutre de eso. Uno crece cuando puede comprender que no todo es blanco o negro, cuando entiende que la tolerancia es la base para vivir en sociedad.

Nosotras despotricábamos contra usted con la boca llena ¡Y qué sana actividad, señora, la que practicábamos! ¿Pero sabe qué pasó? Nos dimos cuenta justamente de eso, que teníamos la boca llena, al igual que usted. Ahí llegó el punto de inflexión: ¿Qué pasa con los que no? La mayoría son los que no y muchos de ellos la invitan a su mesa de todas formas, que lástima que no tengan con qué convidarle…

Entonces resultó que mi mamá, no era tan zurda empedernida como decía, porque se dio cuenta que alguien estaba, de a poco, despacio, poniendo comida en los platos y venía de otra corriente ideológica, quizás no tan distinta, pero definitivamente no la misma. Qué loco, como usted, como ella y como yo, es también una mujer y andaba llenando platos junto a su pintoresco marido.

Voy a dejar de escribir en plural, porque mi madre falleció a principios de este año y lamentablemente ahora sólo puedo hablar por mí:

A mí me gustaría muchísimo hacerle algunas preguntas, así como usted se las hace a sus invitados: ¿Usted, sinceramente, quiere que el pueblo argentino esté bien? ¿Usted quiere la igualdad entre las personas? ¿Quiere que la gente pobre deje de serlo? ¿Quiere que los ricos dejen de enriquecerse aún más y todos tengamos las mismas oportunidades? ¿Usted, desde lo más profundo de su corazón, quiere eso? Yo sé que pueden parecer preguntas que merecen respuestas obvias y no la subestimo, pero realmente me inquieta.

Ahora sola, la veo en mi casa todos los días plantear las inquietudes de “la gente”, reclamar por los jubilados, por trabajo y por los que menos tienen y me re-hago una y otra vez esas preguntas. Yo asumo, con toda mi buena fe, que usted me asiente con la cabeza y la mano en el mentón los interrogantes que le plantée antes y ahí me surge una nueva ¿Acaso usted está viviendo otra realidad?

Si me responde que no, a todas, yo entiendo. Yo entiendo las actitudes que usted toma y las cosas que dice. Entiendo por qué se burla del cachetazo a Kunkel, por qué piensa que una pareja homosexual violaría a su hijo, entiendo por qué tardo tanto en contar la historia de su sobrina y la dictadura, por qué habló con tanta frivolidad del cadáver y el cajón del ex presidente Kirchner. Yo la entiendo.

No seré su “colega” como Federico Luppi, como Anabel Cherubito, como Andrea del Boca y otros tantos (y la verdad no los nombro porque en serio SON TANTOS) pero le cuento, de paso, que estoy estudiando para serlo. Usted es una comunicadora, Mirtha, una persona muy poderosa, entra a la casa de la gente… Y, evidentemente, no está viviendo esta realidad.

Yo tengo diecinueve años y soy una desconocida, por ende nadie me está pagando para que haga esto. Apoyo al gobierno y no me obligaron 6-7-8, ni los programas de canal 9; a los que por cierto miro, al igual que a usted.

No milito en ningún partido político, no conozco a nadie de los medios… Pero soy una mujer joven que estudia cine y televisión y está atenta. No puedo evitar estar atenta ante las cosas que ocurren. La gente común, afuera de la tele, también puede apoyar el modelo que propone el gobierno (le digo por si no vio lo que ocurrió en Plaza de Mayo el día que falleció Néstor Kirchner) y también puede decir y pensar cosas PEORES de usted que las que dijo Luppi. O no. O pueden pensar como usted, y pueden querer que la presidenta se vaya. Así es la democracia, esto que vivimos ahora es democracia.

No le tenga miedo a la democracia, Mirtha. Es lo más maravilloso y VALIOSO que podemos tener, y se lo dice alguien que no existía en tiempos de dictadura.


Mariana Lucía Ferreyra


lunes, 22 de noviembre de 2010

MILAGRO

Cuando empezaron a caer esas gotas forras de lluvia todos nos mirabamos como con susto porque claro, en una de esas todo podía fracasar, aunque nos mirabamos con aquella y nos repetíamos casi en un mantra aquella premisa inclaudicable de “si lo hacemos ellos vendrán”.

No eran ni las diez, pero ya teníamos el plan de escape, salida y recupero.

Ah, la mierda, estos tipitos te hacen cartera, cocodrilo.

Pero teníamos pánico, terror escénico y una sonrisa de Perón que nos transfiguraba.

El otro ahí todo roñoso hacía como que no pasaba nada, porque igual, no pasaba nada, y el agua para él no apagaba ningún fuego, fijate sino eso que tenés en la barriga, que está zarpadamente rico todavía, y brutamente cocinado.

Pero bueno, el chamán armaba ritos, armaba carpas, el otro enorme personaje entraba con la cosa paraguaya de queso y choclo y su chica se hacía la boluda porque sabía que había hecho una obra de arte para paladares machos aunque sean de piba.

Y le dabamos, las bambis se escondían de la lluvia mientras el tío las cuidaba y sonreía con esa cara de chanta amable porteño, uno que no te caga ni que le pidas que lo haga para una película.

Todo se iba acomodando, el grandote sacaba fotos y se reía, con la raya del culo borrada de tanto viaje sólo para gritar Viva y tomarse unas cocacolas amables entre gente de buen color y práctico aroma a vida.

Ahí, sí, nos mirabamos con asombro porque la cosa se dobla y no se rompe eh, los vinilos zarpaban remeras y dale a la plancha, dale que ya llegan y dale que va siendo la hora.

Mirá cómo se acomodan los autos, mirá como llueve, mirá los carteles, mirá las banderas moverse como bailarinas putísimas de burlesque porque dale, el murguero de barba blanca te hace el paso y nosotros zapateamos en calzones.

Desesperación, milagro lejano, puto dejá de mear y el cielo se tendría que partir en dos y bajar la escalera de los héroes.

Pero en cambio van llegando más autitos, va llegando la del pelo rojo con el contingente y esta vez funcionó, no como hace un año, esta vez anduvo.

El circo estaba armado, la carpa lista, la alemana tan felíz que dice “Mah sí, chodos puchos”, y el otro que con las ballenitas dice “bueh” y empieza el baile.

Sigue multiplicándose la multitud, no sé si es que ya están haciendo la porquería por decreto y salen chicos de barba y tipas de tetas o qué carajo, pero pasa.

Pasa y pasa y empiezan los bailes, los gritos, los humos dulces de varietales extraños de múltiples lugares, todo tan rico, todo pero todo tan pero tan rico, delicioso, rico y millonario.

Mirá como sale este pasito.

Mirá.

Mirá este otro.

Y éste, lo tenías?

Vení, militante suave, vení, hacete amigo de esa penita y guardatela en el bolsillo de atrás, con la cédula que acá no te va a servir para nada.

Cuchá, cuchá qué temazo la concha de la lora.

Cuchá, perá, saquémonos una foto, forro dale.

Huérfanos de la vida mordiéndose las manos para no aullar, mordiéndose las caras con el hambre de la eternidad misma abriéndose como una virgen pagana adelante de tus caninos.

Calambre, nunca ganarías un concurso de Tinelli.

Por eso bailás acá.

Por eso gritás acá.

Por eso ponemos los Redondos y pogueamos a lo tarado y la Marcha se hace más Peronista cuando nos cagamos a codazos empujando los charcos a puntapiés.

Ahí vamos, así de rico.

Así de lindo.

Así de armados con el cariño enorme del que se fue hace poco que cada vez que aparecía en la pantalla nos sonreíamos y tratabamos de hacer las cosas mejor, como cuando nos miraba la maestra en la escuela y no nos salía el dos más tres ni la tabla del 9.

Y seguíamos, y charlabamos y era todo en tres, cuatro, cinco dimensiones, seis, siete, ocho, te lo perdiste y chupala.

El secreto seguía perfecto, la muralla inviolable era tan pero tan fácil que la hacía más secreta: si eras Uno De Nosotros, estabas adentro, sino, estabas por ahí comiendo tomatitos peruanos y saltimbaquis de Arizona, ponele, en “Tragatela Toda”, en Palermo Nstruoso.

Pero no, estabas ahí.

Vos estabas ahí.

Yo estaba ahí.

Nosotros estabamos ahí compartiendo un secreto a grito pelado que algún distraído podría haberlo tenido al lado y decir “en este país de mierda” y nosotros le hubieramos servido un vaso de tinto más o menos, pero qué rico, qué rico, qué ricos que somos.

Mordeme, vas a ver.

Sacame plata, vas a ver.

Pedime algo, ahí te lo traigo.

Me traés eso?

Tomá, servite.

Ponele hielo.

Corré para allá.

Atajate esta.

Saltá.

Gritá.

Abrazá, bah, para qué te voy a decir eso.

Dale.

Más.

Más alto.

Más fuerte.

Más negro.

Más hermoso, imposible.

Parecería que estamos listos para algo grande.

Parecería que estamos preparados para salir a la cancha.

Nos tiraron la camiseta y movete pibe, que entrás a meter el gol.

Juégue!

Y para cuando se haga de día otra vez, siempre tendremos la noche acechando.

Babéandose de ganas de que le peguemos la garchada de su vida.

Salú!


viernes, 19 de noviembre de 2010

Épica V- Viernes


(Parte I, haciendo click acá.)
(Parte II, haciendo click acá.)
(Parte III, haciendo click acá.)
(Parte IV, haciendo click acá.)










En la noche del jueves hacia el viernes, la última noche de Néstor en Buenos Aires, los sueños se cruzaban, la tensión crecía.

Un hombre grande, viejo, digamos, corría alrededor de la plaza con un cartel apoyando al asunto.

Aplaudíamos, otros lo corrían, y el hombre no paraba.

La gente mientras tanto caminaba lentamente hacia la anteúltima morada y la ronda no terminaba jamás: eramos hijos de Plaza de Mayo, todos, y sabíamos que empezaba la revolución más linda del mundo, de nuestro mundo, de lo nuestro.

Y tratabamos de dormir, pero antes comentábamos cosas y el sol nos miraba raro, y el sol se escapaba atrás de los edificios cansado, a tomar algo a un bar y a brindar porque ese día, no, no iba a laburar.

Y se daba vuelta, y las nubes nos abrazaban y el día penetraba despacito a la noche y nos dejaba con un hermoso hijo hecho de lluvia, que a medida que la gente iba volviendo, les regalaba el brillo necesario, las gotitas que golpeteaban las cabezas y los preciosos oportunistas vendiendo los ponchos de plástico negociaban los dos por uno, y nosotros claro, comprábamos.

Volvía ella, volvía la madre de la madre de todas las batallas a paso firme, volvía de un sueño dificilmente conciliado pero volvía con pies potentes, pegando al piso con cada tacazo y se volvía a colocar ahí, a cuidarlo a él, a acomodarle la ropa que la militancia que no sabía que estaba militando le dejaba, esas banderas, esas remeras, esas cartas, esos cascos, esas zapatillas, esos besos que poblaban al aire y ella los agarraba y se los guardaba en el pecho.

Para siempre.

Y la hora corría y nosotros desesperábamos en silencio acomodándonos al costado de la calle, esperando verlo pasar por última vez, mientras cantábamos, sí, cantabamos y bebíamos gaseoas, y agua y todo lo que fuera que nos devuelva la sequedad deshidratada que nos había generado un océano maldito de lágrimas a destiempo.

Porque ninguno de nosotros esperaba esto, porque no tenía que pasar.

Y porque pasó y porque se dió vuelta la cosa y acá estamos, al lado tuyo, querido.

Al ladito, firmes y recordando, siempre.


Entonces claro, mirabamos a lo lejos y cruzaban las primeras motos policiales, cortando la calle, limpiándola, y el policía encargado que se nos acercaba con una increíble onda, y no podíamos creerlo, porque la gente, será complejo creerlo, pero la gente, el pueblo nuestro, el pueblo de él, estaba sonoramente felíz.

Y ahí, él, venía por última vez por nuestras calles.

Por sus calles, las que hizo vibrar a cada frase, a cada rosca, a cada truco de mago.


Y nos pasan por al lado y entonces empezamos a correr.

A llevar nuestras banderas salidas desde la garganta.

Y corremos.

Y lloramos.

Y reímos.

Y la lluvia nos mataba, nos mataba, pero qué carajo nos iba a matar si este tipo que ahí dormía adentro del saco de madera no estaba muerto.

Entonces no nos mataba nada, y corríamos como locos, y nos chocabamos, y los coches nos pasaban finito, y no entendíamos, y los pies se nos movían sin saberlo, porque avanzabamos, porque seguíamos ahí, de pie, trotando, cansados, con los músculos destrozados, las fatigas dando vuelta los relojes, y la gente que aplaudía, y que cantaba, y entonces sí, la noche se había ido para siempre y el día había vuelto para quedarse 24 horas por día, y nada nos importaría más nada, porque acá estabamos, corriendo, gritando, saltando, haciéndonos el amor gigante en una orgía preciosa de sangre, sudor, lluvia y la arena del relojito de arena detenida hasta la locura.

Acá estábamos, y seguíamos cortando las calles y nos hacían la V y devolvíamos un Viva Perón y escuchábamos una música que no sonaba, y pasabamos por lugares horrendos, lugares hermosos y la gente seguí ahí caminando, mil caras en una cara y una cara en mil quinientas caras preciosas de novio nuevo, de novio virgen, de inocencia y de que claro, papá nunca se va a morir.

Y unos chiquitos que gritaban AR-GEN-TI-NA y nos quebrábamos pero seguíamos, no bajabamos ninguna bandera, los chicos gritaban primalmente, como animales, y nos disparaban esas balitas de cebita perfectas, esas babitas de mate cocido de jardín de infantes y esas enormes, gigantes, perfectas maestras les deberían haber explicado que no importaba mucho más que el valor de un pueblo volcado y volcado a la calle, una suerte de tortuga que había quedado boca arriba y necesitaba de vos, de él, de mí, para darse vuelta nuevamente y seguir avanzando con esa obstinación de dinosaurio, cruzando tiempos, cruzando historias y dejando una cicatriz en la cara, un fondo de ojos y rostro que convierta toda bruma en luz que ilumina lo que veamos, digamos, comentemos, pensemos.

Esa luz divina que se veía ahí a lo lejos, cuando ibamos llegando más tarde, hombres cansados, y veíamos volar al avión, y ahí estaba, nuestro queridísimo amigo, adiós, bye, forro, andate a la mierda, esto no se hace pero bueh, lo hiciste, qué te vamos a hablar a vos de qué hay que hacer, si te las sabías todas, no, cancherito?

Forro.

Te fuiste.

Nada.

Chau.

Chau, eh.

Acá estamos.

Andá, andá nomás, andá.

Si te pinta, andá.

Todo bien.

Un día vas a volver.


Pero nosotros ahí, tirados contra una pared, la lluvia era cada vez más puta y más pagana y creo que si no morimos era porque estabamos incendiados por ese piromaníaco de la pasión que fue el flaco que se había tomado el palo.

Qué carajo.

Qué tanto.

Qué mierda estoy escribiendo, si vos te lo perdiste, es problema tuyo.

Porque nosotros los que estuvimos en las buenas, en las malas mucho más.

Y en las más o menos también.

Porque Perón así nos lo dijo.

Y este forro también.

Los dos, unos forros.

De mierda.


Pero siempre vuelven.

Y nos parten la cara.


Y nosotros nos ibamos yendo a nuestras casas sin entender.

Sin darnos cuenta que el final había terminado.

Y que el inicio estaba a segundos de empezar.

La patada inicial.

El puntapié de la historia.

Suena el pitazo.

La calle sigue siendo nuestra.

Bienvenidos todos.

Esto recién empieza.

martes, 16 de noviembre de 2010

EEEEEEE!

Épica IV- Jueves (Tercera Parte)


(Parte I, haciendo click acá.)
(Parte II, haciendo click acá.)
(Parte III, haciendo click acá.)









Y la tarde avergonzada escondía al cielo detrás de unos copos de nubes que se iban llenando de agua, de lluvia, de sudor, de lágrimas, de saliva, de aire y de grito.

Llegaban las madres con comidas, los viejos compañeros que nunca habían estado en una marcha, las caras de sorpresa, los rituales minúsculos.

La fila de gente se extendía hasta donde ya no se veía pero se escuchaban los gritos, los aplausos, e ibamos viendo a los presidentes de toda latinoamerica como a unos borrachos que recordaban al caído en el campo de batalla.

Los llantos empezaban a retirarse del lugar, la alegría de un enorme nacimiento se veía en todos nosotros, miles de hijos, miles de padres, miles de compañeros enlazados en abrazos de mate y galleta, abajo de banderas ajenas que hoy, eran todas nuestras.

Nos repartíamos recuerdos y nos cobijabamos de un frío de mentira, de ese frío del tiempo, el frío que pasa. Porque el calor enorme de esos miles de pies bailando la misma canción, literalmente, quemaba.

Y las banderas más altas, más altas, tapaban todo, las canciones no nos dejaban respirar, y la plaza era cada vez más chica y las chicas cada vez más plazas, si se me permite.

Y los bares ametrallaban con los discursos de Chávez, con las palabras de Lula, y nosotros ahí mirando todo en una pantalla gigante, como en un cine pero al principio de la película.

Ahora el final estaba a casi dos días, y eran más o menos las diez de la noche, con lo que el clima de misa pagana tomaba por asalto lo que fuera que estuvieramos haciendo, y ahí sí, nos relajabamos un poco más, y tomabamos una birrita, nos fumabamos un puchito, y podíamos ver con un cachito más de claridad el momento histórico.

Teorizabamos, mediamos, calculabamos, arrojabamos escenarios posibles, temíamos y pensabamos.

Pensabamos, lo cual no es poco.

Jugabamos a los estrategas, lamentabamos pero pensabamos.

Brindabamos una, mil veces por él, que ya no estaba, pero seguíamos brindando, engrandeciendo a la figura ya enorme de un tipo que se había muerto ahí, al lado de la cama, por nosotros, sin ser conciente de que se moría por nosotros.

Y ninguno de nosotros quería asumir que era el último día, el último adiós, el final.

Faltaba menos de veinticuatro horas para que todo cierre.

Para que todo se vaya.

Para vaciar la plaza y llenar las calles, las computadoras, los comentarios, los mensajes de texto, los taxis, los bondis, las mesas, los baños, los cines, los restaurantes.

Mientras la noche nos acariciaba la nuca y nos ponía a dormir en esos suelos amigos de la Plaza de los Tiempos, nos mordíamos los labios en silencio y no decíamos nada.

Temíamos.

Porque esto ya terminaba.

Y recién empezaba.

jueves, 11 de noviembre de 2010

COMPAÑERO MC CARTNEY.

martes, 9 de noviembre de 2010

AGUANTE CHINÍN.

























CLICK EN LA IMAGEN PARA VER TODOS
LOS TITULARES Y LA FRASE DEL DÍA.

lunes, 8 de noviembre de 2010

YEGUA.

























Click en la imagen y te la llevás para siempre y más grande.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Épica III- Jueves (Segunda Parte)

(Primera parte, haciendo click acá.)
(Segunda parte, haciendo click acá.)














Caminabamos tan solos en un mundo nuevo lleno de incertidumbre que no podíamos ver al otro, al sujeto que teníamos al lado.

Caminabamos con una desolación tan grande, tan huérfana, tan cierta de ir a mirar ahora, en un ratito, a eso que no sabíamos que iba a pasar, que no contabamos a los cuarenta polícias que nos rodeaban amablemente y con cuidado, con pesar, como si sólo por hoy, fueran compañeros.

Y avanzabamos.

Nos alejabamos del final que ya llevaba un día y medio en la espalda de una patria que temblaba.

Y llegabamos y la puerta de la Rosada se hacía pequeña, nos teníamos que desinflar más allá de lo pinchado que estabamos y mirabamos las coronas a nombre de uno de otro y justo ahí al lado de la puerta, donde no había un granadero, nos estaba esperando él: una corona blanca, preciosa, con el nombre de Diego Armando Maradona.

Esa era la palmadita en la espalda, la ayuda.

Y luego, la tensión: un señor protocolar que nos daba las gracias en nombre de la Presidenta.

Mil veces, decenas de miles, cientos de miles de gracias.

Y caminabamos.
Y sentíamos que no sabíamos qué iba a pasar.

Y nos dabamos las manos sin tocarnos, en una procesión zombie, dura, necesaria.
Estaba ahí, el tipo.

Estaba ella detrás, tan pequeñita, tan hermosa, tan lindo pelo, con anteojos enormes.

Estaba todo el gabinete detrás, como una foto fija, inmóviles todos.

Estaban los hijos, soportando algo que no sabían que iban a tener que soportar jamás.

Y ella.

Acariciaba una madera y torcía apenitas la cabeza.
Nos miraba.

Se golpeaba dos veces el pecho.

Sonreía por la mitad.

Abría su corazón y nos mostraba un valor enorme.

Asentía.

Decía gracias.

Nosotros mirabamos, todos los discursos se licuaban y sólo gritabamos muy bajito un “fuerza”, un “hermosa”, un “vamos”.

Pero un hombre, un paso adelante nuestro, andaba como arrastrando unas zapatillas blancas de esas medio truchas.

Un pantalón Grafa, sucio.

Una camisa arremangada.

Una piel curtida.

Un pelo sudado en la nuca y una gorra toda hecha mierda.

Alza su puño: mira a la Señora.
Le agradece en nombre de toda una provincia.

Se quiebra en llanto.

Y avanza.

La foto y la señora aplauden.

Nosotros avanzamos, en todos los sentidos posibles del “nosotros” y el “avanzamos”.
Seguimos caminando.
Empezamos a salir.
Volvemos a respirar recién cuando vemos al cielo.

Una de las nuestras nunca había visto a un cajón.
Nunca había ido a un velorio.
Nunca había escuchado un llanto alejado.
Y nunca había visto a la Jefa.
Todo junto, es un poco mucho, entonces ella, la nuestra, se rompe al medio.

Y crece como diez años.

Caminamos ya resueltos: ahora sabíamos que todo era verdad.
Que la cosa venía de en serio.
Que era una mierda.

Una porquería.
Una verga.

La puta que lo parió.

¿Y ahora?
¿Ahora que el final estaba cada vez más lejos, qué?

Ahora nada.

Ahora volvemos, ahora vamos a la Plaza.
Ahora hacemos una coraza, ahora somos él, ahora somos ella, ahora si no nos acordamos, ni abramos la boca.
Ahora es todo culpa nuestra.
Ahora no erramos.
Ahora es realidad.
Ahora... recién empieza.

Nos volvimos a la carpa improvisada.

Tomamos mates.

Comentamos poco.

Eran las cinco de la tarde, recién.

La gente seguía llegando, los mensajes de texto de “voy”, de “ahí estoy llegando”, y los de “llevo algo”, nos ponían casi casi felices.
Miramos a la fila para entrar a la Casa: daba vueltas y vueltas y vueltas y los aplausos y la gente y la emoción y las canciones de guerra y todo eso crecía hasta el cielo, que amargamente, se ponía un poquito más triste.


Un día un poquito más gris.

Un día un poquito más épico.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

PIÑAZO.





















Señor, haga un curso al menos.

DESMENTIDA DE LA CARTA DE A. BORENSZTEIN

deAlejandro Borensztein
hora local del remitenteEnviado a la(s) 19:26 (GMT-03:00). Hora local del remitente: 19:40
paraHank Soriano
fecha3 de noviembre de 2010 19:26
asuntoRE: Es tuya la carta? Sólo eso quiero saber.
1
9:26 (14 minutos antes)

No!!

De ninguna manera. Es un mail apócrifo que anda dando vuelta por Internet. Una infamia.

Te copio el mail que envié a todos mis amigos y el link al verdadero texto que publiqué el domingo en Clarin.

Te agradecería que reenvíes mi respuesta a quienes te lo enviaron ya todos aquellos a quienes puedas mandárselo.

Gracias.

Un saludo afectuoso.

Alejandro Borensztein


Amigos:

Desde el día de hoy circula por Internet un mail atribuido a mi autoría, con un texto agraviante en referencia al fallecimiento del ex Presidente Néstor Kirchner. Obviamente, jamás escribí ese texto.

Les pido que a todos aquellos que eventualmente la reciban, respondan al remitente que ese texto es apócrifo y no fue escrito por mí.

A su vez, les adjunto el link con la verdadera nota publicada en el diario Clarin el domingo 31 de octubre, tal como lo hago todos las semanas.

http://www.clarin.com/opinion/titulo_0_363563642.html

Gracias.

Alejandro Borensztein


martes, 2 de noviembre de 2010

Épica II- Jueves (Primera Parte)



(Primera parte, haciendo click acá.)













Volvían algunos, volvía ese que no podía dormir, que volvía al laburo y no se bancaba adentro de su cuerpo y venía, volvía, siempre llegaba, a la plaza y se tiraba en el piso con nosotros.

Aparecían bebidas, aparecían mates, cafeteros, amigos, y frazadas y la noche más negra que nunca, pero nunca oscura.

La gente hacía la fila, dormía en el suelo, dormía fuerte porque venía de laburar y porque después se iba a laburar.

Llegaba ese, aquel, este otro, aquella, y flameaba todo, flameaban las almas, flameaban las flamas de esta cosa vieja, este fueguito infernal del paraíso y señor, deme un café cortado que no quiero dormir ni una hora.

Caían unos, salían otros, pedían como permiso por tener que ir a su casa donde estaban los hijos, los perros y salían a apagar la tele y la cocina porque volverían o no, pero se iban con todas esas ganas enfermas de estar de nuevo por acá ahora mismo.

El suelo de la plaza era cómodo, qué tanto.

Uno que no se podía dormir y caminaba en círculos como tantas veces lo hicieron las madres: nosotros eramos los hijos, y ya sabíamos que la de campera amarilla está tirada por allá, el de pullover celeste ahí en el banco, allá a lo lejos, la eternidad de luces y calles y aparecen más amigos, alguno medio famoso, y todos esperando, no sabíamos qué aunque sabíamos qué, pero no queríamos asumirlo hasta que sea.

Andá a buscar más agua para el mate.

Voy.

Va.

Vamos.

Viene el agua, sigue el mate, siguen las galletas, los mil doscientos cigarrillos, las cartas en el suelo. Y todo este malestar, aunque el final había sido hacía un buen rato.

El sueño, buen luchador, siempre gana.

Las baldosas, siempre muy putas, también.

Entonces te hacen mella en el lomo, en el cuero, en las costillas y dormís un rato, dormís más o menos, pero abrís los ojos y es de día, de pronto.

La gente camina de una punta a la otra.

Salís de la carpa improvisada por manos de laburante cobijadoras (no las mías) y descubrís que mientras vos estabas tirado en el piso, casi todo el pueblo se iba poniendo de pie.

Mirás a lo lejos, ves una enorme cola y ahora desde Plaza de Mayo un enorme tendal de cabecitas miran al suelo y se pierden allá y más allá.

No podés con tu genio y no te la aguantas: son las 10:30 de la mañana, y querés entrar a saludar al Jefe.

Empezás a caminar y a mirar las caras, todos están casi en silencio y con la cara empapada de historias.

Flores en las manos, recién cortadas, flores en los ojos, recién nacidas.

Y avanzás y a medida que ves que la cola es larga, te das cuenta que es la primera cola de tu vida que preferís que tarde un montón.

Avanza a paso lento, si es que avanza: la procesión va por fuera y todos empiezan a

aplaudir con ritmo, CLAP-CLAP-CLAP-CLAP-CLAP.

Es el impulso primal, es un movimiento, es un grito con las palmas a punto de estallar.

Y hacés una cuadra, dos cuadras, tres cuadras, llegás a 9de Julio y da la vuelta y empezás a darte cuenta que tenías razón cuando peleabas por esto, tenías toda la razón del mundo y esa gente te está pidiendo perdón agradeciéndole al Jefe.

Todavía no era tarde, y el final estaba cada vez más lejos.

Entonces nos acomodamos en la fila.

Arriesgamos una cantidad de tiempo: todos suponíamos que a las 12 estaríamos pasando a ver algo que no sabíamos bien qué sería, cómo sería ni cómo nos afectaría.

Y avanzabamos.

Tomabamos agua.

Las canciones se hacían como una ola que empezaba a lo lejos y llegaba hasta nuestras gargantas y de ahí al oído de los que teníamos atrás.

Que los gorilas no se tenían que animar porque se iba a armar quilombo, era algo clarisimo.

Que era esa Argentina grande con que San Martín soñó, nos iba quedando claro.

Y caminabamos.

Que jurabamos con gloria morir cada veinte minutos, era un acto de sinceridad extrema.

Y que la pena se empezaba a sentir un abrazo compañero era una cosa latente, gelatinosa.

La señora con sus amarillos rulos.

El pibito que acompañaba a la mamá y tenía su 25 de Mayo de 1810.

El basurero con todo el equipo de ropa puesto apoyado en la valla.

Las chicas militantes medio villeritas con piercings en la cara y colitas de costado en el pelo y buenos culos hablando entre ellas del parcial de macroeconomía.

Los que se querían colar y la gente le gritaba “Sos como Cobos!”.

El subnormal que vendía heladobombónadospesoh.

Los oportunistas que traían gorras de Argentina y que con fibra les habían escrito una K truchísima.

Los que tiraban el agua a 8 mangos y desde la fila, apretados cantabamos como en la escuela “EL AGUA SE REGALA! EL AGUA SE REGALA!” y el tipo con un pragmatismo saludable aceptaba bajar el valor a 5 manguitos.

Los fotógrafos que buscaban la cara más triste de la tarde en el “Llorando por un sueño”.

Y ya eran las 3 de la tarde.

Y ni nos habíamos dado cuenta.

Y nos poníamos en cueros, y el calor nos abombaba, y llevabamos las banderas y nos tapabamos con ellas y el vendedor de gorras se confundía y traía todo su stock de gorras negras y no vendía ni una y así y así, todos buscabamos acomodarnos como podíamos, el olor

a cuerpo, el olor a calor, el olor a sal de las lágrimas y el sudor que se aguantaba más y la gente que sacaban desmayada y la plaza que explotaba y el loco que desde su celular llamaba a anda saber a quién y le tiraba un “Venite, está buenísimo, está como en el Bicentenario” y los cantitos seguían y había una canción ya, inmediata, que unía a Perón, Eva y Néstor en una santísima peronidad y ahora no me la puedo acordar, la puta madre.

Y estabamos a cien metros, el calor empezaba a ser una anécdota, nos acercabamos a la puerta, esquivabamos a todos los del interior que pedían pasar porque habían venido desde muy lejos pero nosotros que habíamos hecho 6 horas de cola no teníamos ganas de retroceder y al fin, muy al fin, dos policías amables nos decían que no nos empujemos, y pasamos el vallado final, y entramos, y vimos todos lo que empezaba a pasar: la Casa Rosada estaba RODEADA de flores, gente, y un halo sombrío que recordaba con facilidad a una noche de primavera, con esa sensación de que al rato iba a salir el sol, aunque sean recién, las cuatro y media de la tarde.


Allá, hacía muchos minutos, muchos abrazos antes, el final parecía una historia de otra vida.

Ante nosotros, se venía un momento de esos que duran aunque sean duros.

Formamos fila.

Esperamos.

Y caminamos despacio hacia las flores.