martes, 14 de septiembre de 2010

PIGGIES











De la chupapijación a la acaramelización de toda una secuencia, hay un par de hechos de diferencia, de distancia y de miel.

Sólo faltaban cuatro o cinco normativas de ordenanza, alguna chicanita artera y unas rupias para que la arrodillada sea una amansadora guacha de adoctrinamiento sin doctrina.

La revolución estuvo en marcha, al gallinero, al Colón en otra instancia pero con otra camisa y otro saco, y la rueda rueda que te rueda hasta que se pincha, se sale, se explota y los expectadores, inexplicablemente, aplauden.

Aplauden porque están cagados, estos putos sólo tiran piedras y son los putos de Saavedra, pero sin más, sin cariño, te la aplauden, te la chistean, te la amargan y te la sacan un ratito antes de que encima, te guste.

Petróleo que no es combustible, pero que enciende rápido y tramposo.

Qué me van a venir a hablar de la historia, si cuando la historia está ahí y cabecea para que la saques a bailar, te ponés a mirar los dibujitos animados.

Vamos, che.

A veces la noche te deja chueco, a veces pelado, a veces clavado frente al espejo y el espejo es el retrovisor de un auto: tu cara, desfigurada, profundamente pretende parecer cuerda, pero parece juguete a pilas viejo, un ojo prende, el otro no, y la boca balbucea pavadas que en el momento parecen geniales, que pueden serlo pero que definitivamente te las olvidás al instante.

La tierra de los no-muertos se alza en la montaña baja, y desde la TV, la varonilidad (si es que está puta palabra existe) se desintegra, te insume en profundas cavilaciones y descubrís que la radio es lo mismo y mucho peor: el teléfono es lo mismo, cuando del otro lado, hay, en efecto, ALGUIEN.

Debería ser humano, sabés, pero no lo es.

Nos vemos mañana, dale, donde digas y con las armas que digas: yo llevo mi 357 roto, vos llevá tu Halcón Milenario.

El mío al menos, es de verdad.

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